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Los
escenarios viables e inviables de la nueva apuesta regional
El
“mega-estado” sudamericano
Miguel E. Gómez
Balboa
Ha
nacido la Comunidad Sudamericana de Naciones, signada por la
herencia histórica de Simón Bolívar, pero de alcance
mucho mayor. Dos analistas bolivianos, expertos en integración,
reflexionan sobre el largo camino por recorrer
Doce países sudamericanos firmaron el jueves, en Ayacucho
(Perú), el acta que acuerda el nacimiento de la Comunidad
Sudamericana de Naciones (CSN), ente que auna a los miembros
plenos del Mercosur —Argentina, Brasil, Paraguay y
Uruguay——, los países de la Comunidad Andina de Naciones
(CAN)—Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela y Bolivia—, más
Chile, Surinam y Guyana. Una apuesta integracionista, de 361
millones de habitantes, que ya provoca debates en cuanto a los
objetivos que debe perseguir y desnuda, sobre todo, el choque
de intereses y desigualdades imperante en la región. ¿Cómo
superar esto? ¿La Comunidad puede solucionar los diferendos
entre países, incluyendo la demanda marítima boliviana?
Por el camino de Simón Bolívar
Un
estudioso de la integración latinoamericana, el ex
vicepresidente Luis Ossio Sanjinés, recuerda que la idea
integracionista del continente sudamericano nació con Simón
Bolívar, cuando en 1826 llamó al Congreso Anfictiónico, en
Panamá. Todo un fracaso, por la visión interesada de los países
libertados. Por ello, dice Ossio, la condición principal para
la integración en una comunidad es que “cada quien renuncie
a algunos intereses en beneficio del conjunto”.
El discurso bolivariano fue reeditado desde mediados del siglo
XX con acuerdos “integracionistas” como la Asociación
Latinoamericana de Integración (Aladi), las Comunidad
Centroamericana de Naciones, la CAN y, finalmente, el
Mercosur. Bloques que tampoco pudieron zanjar las diferencias
de los países del sur.
La nueva ola vino con el intelectual chileno Gabriel Valdez,
que planteó la integración de las naciones sudamericanas
—dejando de lado el primer intento de unir a los estados
iberoamericanos—, algo más “viable” por las similitudes
culturales y lingüísticas de la región. Por ello el
reimpulso del presidente brasileño, Lula Da Silva.
El experto en integración y director de Qhana, Adalid
Contreras, opina que, en cuanto a lo cultural, un sentido
nuevo de integración debería postularse incluyente e
inclusivo, moviéndose desde paradigmas distintos al de la
Doctrina Monroe —basada en la proclama de “América para
los americanos”— y que justificó modelos integracionistas
homogeneizadores antes que recuperadores de la diversidad. O
sea, que el marco de los derechos culturales y del derecho a
la información son bases importantes para perfilar acuerdos
estratégicos relevantes.
Las cifras socioeconómicas son auspiciosas. La comunidad
tendría un área de 17 millones de kilómetros cuadrados, 361
millones de consumidores, un Producto Interno Bruto (PIB) de
973 mil millones de dólares, exportaciones por valor de 188
mil millones de dólares, el 27 por ciento del agua dulce del
planeta, 8 millones de kilómetros cuadrados de bosques (el 30
por ciento mundial), recursos en gas y petróleo para un siglo
y el liderazgo mundial en muchos productos alimenticios. Una
riqueza ensombrecida por los intereses contrapuestos que
persigue cada país.
Cada quien apunta a sus intereses
La tendencia de la CSN es emular lo conseguido por la Unión
Europea (UE), con un mercado, moneda, pasaporte y Parlamento
comunes. Plasmar tal unión tendrá que enfrentarse a las
opiniones y pronósticos contrastados de las naciones.
Los más entusiastas son los presidentes del llamado eje
“progresista” Atlántico (Brasil, Argentina y Venezuela).
Pero, hay otras voces más reservadas. Como Ricardo Lagos, que
en Perú se mostró reacio a algún tipo de acuerdo político
y económico entre los países del Cono Sur. Su visión, más
bien, se enfoca a que la integración se traduzca en
infraestructura, libre tránsito y convenios energéticos.
Hay otras piedras en el camino: rivalidades entre algunos
gobernantes, como la de Néstor Kirchner (Argentina) y Lula
(Brasil), de Álvaro Uribe (Colombia) y Hugo Chávez
(Venezuela), sin dejar de lado los encontronazos marítimos de
Ricardo Lagos (Chile) y Carlos Mesa (Bolivia).
¿A dónde apuntan los países sudamericanos con la creación
de la CSN? En criterio de Ossio, por ejemplo, Colombia y
Venezuela van en direcciones opuestas. El primero es el
ejemplo de la colaboración económica, política y militar
con Estados Unidos, y busca mayores mercados. El segundo
intenta minar al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas
(ALCA) y promover un contrapeso mundial frente a Washington.
Perú también olfatea mercados. El gobierno saliente de
Montevideo alerta de una “inflación” de organismos.
Chile, con la economía más saneada de la región, e incluso
Colombia temen crear otro organismo “burocrático” que
implique más gastos y que dificulte sus relaciones
bilaterales con Estados Unidos (EEUU) y Europa.
Brasil, que contiene la mitad de la población y del
territorio de dicha unión, plantea la integración energética
(para tener fuentes seguras de suministro) y vial. Impulsa la
Comunidad para consolidar su proyecto económico (proteger y
expandir su industria nacional) y diplomático (quiere entrar
con un sitial permanente en el Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas).
Por otra parte, Argentina se encuentra en una disyuntiva. Está
entre querer ser parte del “primer mundo” (lo que implica
un distanciamiento de sus vecinos en pro de vinculaciones
especiales con el Norte) y marchar como segundo de Brasil en
esta unión. Empero, dice Ossio, este país más apunta a
recoger lo planteado por Carlos Menem: formar un centro energético
junto con Bolivia, países que tienen las mayores reservas de
gas después de Venezuela.
¿Y qué pasará con los países de menor desarrollo relativo?
Ossio acepta que Bolivia, Paraguay y Ecuador (en cierta forma
Uruguay) se verían amenazados ante la mayor capacidad
industrial de Brasil y Argentina, lo cual puede significar una
disminución de sus capacidades productivas. Pero esto se
resuelve —sostiene— con reservas a su favor, e incluyendo
otros términos, por ejemplo, desgravámenes y liberación
arancelaria —algo ya existente en la CAN—. “Se deben
mirar las ventajas. Estas naciones tienen posibilidad de
ingresar a mercados si es que saben negociar bien los temas
del campo industrial y comercial”, recalca Ossio.
Las observaciones económicas
Un asunto está claro: la CSN contiene, preponderantemente,
intereses económicos. Los sudamericanos, con ella, intentan
aunar sus beneficios comparativos para convertirlos en
ventajas competitivas y dar el salto para conquistar mercados
de Estados Unidos, Europa y Asia. Renegociar menores aranceles
y menos restricciones que les son impuestas para la atracción
de capitales e importaciones desde el hemisferio norte.
Para Contreras, es aún muy temprano garantizar buenos
augurios o para desahuciar esta iniciativa. Y, de momento, lo
que se puede afirmar con certeza es que sus cimientos económicos,
políticos y culturales tienen todavía que ser construidos.
“No obstante —arguye—, un tema y objetivo comunes en la
integración naciente será el asumir políticas y estrategias
para la negociación de su asfixiante deuda externa, estimada
en más de 351 mil millones de dólares, cerca de la mitad de
lo que suma su PIB”.
Además, la principal traba para conformar un bloque en Sudamérica,
desde épocas inmemoriales, han sido las diferencias económicas
entre los países. Como contraparte, tienen un dato en común:
ninguno de ellos ha sido nunca, ni antes ni ahora, una real
potencia capaz de incidir en las caracterizaciones del mercado
internacional.
Por el contrario, explica Contreras, todas las economías
nacionales y esfuerzos regionales se han caracterizado por su
dependencia de la inversión bilateral o multilateral foránea
y porque los principales sectores de exportación siguen
siendo materias primas y no productos industriales. Aparte,
los acuerdos económicos no han alcanzado para superar la
existencia de altos niveles de pobreza. Una coyuntura donde
Brasil o Argentina pueden ayudar por sus grados de desarrollo
industrial y su inserción en los mercados.
El análisis del economista Isaac Bigio cae como anillo al
dedo. Para él, la debilidad de la CSN se plasma en que todas
sus economías son aún relativamente débiles y subordinadas
al dólar o a capitales de Norteamérica, Europa y Japón.
Otro problema se centra en que la mayoría de las naciones
importa y exporta más a EEUU que a su propio vecino. Eso
repercute en la falta de vías sudamericanas de contacto, algo
indispensable para el actual proyecto. Hay poca interconexión
vial entre las dos costas de Sudamérica y hay países (como
Guyana o Surinam) que viven desconectados del resto.
Para paliar esto, se acordó en Cusco la construcción de 31
obras, entre rutas, puentes, centrales hidroeléctricas,
gasoductos y mejoras en general que se ejecutarán hasta 2010
con un costo de 4.500 millones de dólares. Brasil y Perú
dieron el primer paso: la construcción de una carretera
interoceánica de 1.200 kilómetros “sin fronteras”.
Por su parte, la experta en asuntos internacionales de la
CEPAL, la peruana Ariela Ruiz, manifiesta que la base económica
sobre la cual se erigirá la CSN es la constitución paulatina
de una zona de libre comercio, como resultado de la
consolidación y protocolización del Tratado de Complementación
Económica entre la CAN y el Mercosur el 18 de octubre.
Unión política, ¿algo ilusorio?
Otra crítica reluce en el horizonte. El eje político de lo
que será esta Comunidad es el más débil. Este espacio está
sujeto a estrategias diversas y diferenciadas e incluso
contrapuestas entre los países de la región con relación a
las políticas ya existentes o propuestas de integración. Un
ejemplo lo constituyen las diversas percepciones y posturas
respecto del ALCA, con mayor resistencia en los países
andinos que en los del Mercosur, y sobre el Tratado de Libre
Comercio (TLC) con EEUU ocurre lo contrario, más que todo por
el intento del Mercosur por establecer convenios con la UE y
en sus propósitos de firmar acuerdos bilaterales con los países
miembros.
Por ello, se sostiene que cualquier análisis de futuro no se
puede hacer al margen de la política estadounidense (que se
opuso a la creación de la CNS) y de la reelección de Bush,
que indudablemente tenderá a consolidar el TLC en los términos
y condiciones ya planteados en sus acuerdos comerciales, con
la región y con países de todo el globo. “Si no se
resuelven estos temas y visiones políticas distintas en el
marco de la nueva Comunidad, podría ocurrir —advierte
Ariela Ruiz Caro— que el Mercosur y la CAN estarían juntos
pero dándose la espalda”.
Es que la reciente unión es vista como una salida a lo que no
pudo lograr ninguno de los bloques sudamericanos. Ya el
presidente Carlos Mesa instó a recordar los errores del
pasado para no repetirlos y a potenciar las ventajas de la CAN
y el Mercosur con la CSN. En consonancia, Contreras evalúa
como deficitario el funcionamiento de ambos entes y, por lo
tanto, su perspectiva de participación en la Comunidad, antes
que de retroceso en sus políticas y estrategias podría ser
de reestructuración de sus propuestas y alcances. “Mucho
depende de si la CSN es concebida como una suma de naciones
(al estilo de la CAN y el Mercosur) o por el contrario se la
diseña como un bloque supranacional en el que las soberanías
nacionales convergen en la construcción de una nueva,
regional”, aclara.
El espejo sudamericano de Europa
La CSN apuesta a ser similar que la Unión Europea. Ésta se
inició con una base económica común para luego unificarse
políticamente. Empero, al ser la economía el “talón de
Aquiles” de la nueva Comunidad, se intentará hacer lo
inverso.
Algunas cifras comparativas: La UE tiene unos 450 millones de
habitantes, pero un territorio equivalente a la quinta parte
de Sudamérica. Las ventajas de la CSN pueden converger en que
es más homogénea en lo cultural, idiomático, religioso e
histórico. Mientras que los europeos tienen más de 25
lenguas oficiales y fuertes minorías religiosas, el 95 por
ciento del subcontinente entiende dos lenguas mutuamente
inteligibles (castellano y portugués) y practica el
cristianismo (sobre todo el catolicismo). Además, Europa libró
dos guerras totales, y Sudamérica nunca ha tenido tal clase
de confrontación y hace más de un siglo que ninguna capital
ha sido invadida.
Las desventajas, ya dijimos, radican en lo económico. El PIB
de la CSN es por lo menos 10 veces inferior a los 11 mil
millones de dólares que tienen tanto la UE como EEUU. Aparte,
el PIB per cápita de la UE es de 24 mil dólares anuales
(frente a casi 38 mil de EEUU y casi 34 mil de Japón), en
cambio, el PIB per cápita sudamericano es de
unos 7,000 dólares anuales.
Asimismo, para varios economistas resulta una “utopía”
pensar que Sudamérica con el carácter de sus economías
pudiese desdolarizarse y adoptar su propia moneda común. En
conclusión, recomiendan ir muy despacio y por etapas en este
proyecto, pero también conscientes de que sin él no hay Unión
Sudamericana, y sólo habrá una asociación de negocios útiles,
quizás, pero insuficiente para enfrentar los tiempos
globalizadores que vienen. Los expertos aconsejan lo
siguiente: para que las ventajas económicas de un mercado común
se consoliden y tengan estabilidad, es necesario darle
instituciones legislativas (electas por el pueblo
directamente), judiciales y ejecutivas, y, eventualmente, una
moneda común.
Aparte, la Unión implica la libertad de migraciones, pero eso
sólo muy a la larga. Y en América Latina es más fácil la
mancomunidad, resultante de un idioma casi común, y también
de una religión. Las distintas proporciones étnicas
constituirán, cierto es, un escollo muy duro, tanto en lo que
se refiere a resistencias económicas como culturales. Empero,
es un asunto superable.
En medio, Contreras aclara que no es posible emular otras
experiencias, ni debería ser el propósito. Además, que la
Declaración del Cusco sobre la CSN deja ver un propósito de
integración basado en lo que ya existe, como articulación,
antes que la creación de algo nuevo, más abarcativo. Añade
que “los procesos señalados en el documento: concertación
diplomática, convergencia, acuerdos regionales, integración
física y energética, armonización de políticas de
desarrollo rural y agroalimentario, cooperación en educación
y cultura, interacciones entre empresas y sociedad civil, son
expresiones claras de un propósito de estructura de un
continente donde los países se dan la mano y convergen sobre
la institucionalidad existente”.
Y este investigador postula que “una buena base de integración
incluyente e inclusiva, no contemplada en la Declaración de
la CSN, se encuentra en la Carta Andina que recoge explícitamente
derechos como la dignidad de las personas, la superación de
la discriminación y la intolerancia, el compromiso democrático
participativo, la vigencia plena de los derechos económicos,
sociales y culturales y el derecho al desarrollo. Y gestar la
integración sobre estas bases puede aportar un modelo
sustentado en el funcionamiento de un paradigma que articula
derechos humanos, democracia y desarrollo”.
El escenario propicio para Bolivia
Los más optimistas ven en la conformación de la CSN una
oportunidad para solucionar los diferendos existentes entre
algunos países del sur. Como los problemas fronterizos entre
Chile, Bolivia y Perú; entre Venezuela, Colombia y Guyana, y
entre Ecuador y Perú. También podría mejorar la situación
de las naciones indígenas. Por ejemplo,
aymaras y quechuas podrían cruzar las fronteras artificiales
que les separan y pedir (como en la UE) estatutos de autonomía
y oficialización de sus lenguas e instituciones.
¿Y el tema marítimo entre Bolivia y Chile? No es
irresoluble, establece Ossio. Ya Carlos Mesa expresó su
esperanza de que con esta unificación se resuelvan
“definitivamente” y lo más pronto posible los problemas
pendientes en América del Sur. “Si hablamos de integración
y hermandad, la resolución de esos problemas pendientes es
una tarea que debemos encarar con valentía”, sentenció.
Incluso, Ricardo Lagos “rompió el hielo” con Mesa durante
su visita a Cusco. ¿Una señal?
En criterio de Ossio, Chile viene dando pasos importantes,
aunque no muy grandes, de apertura: el ingresar como
observador a la CAN y como asociado en el Mercosur. “Chile
calculó que su entendimiento con Estados Unidos tiene vida
corta y que en un futuro puede quedar aislado. Y los
norteamericanos tienen intereses más grandes”.
En este marco, el ex Vicepresidente asegura que no podemos
desaprovechar esta ocasión de acercarnos a Lagos. Así, la
solución giraría en torno a que se borren fronteras y se
forme una nación sudamericana sin obstáculos en cuanto
acceso al resto del mundo por sus mares.
“Podemos utilizar esta carta, negociando adecuadamente y
buscando los canales más oportunos. Es lógico que para
plantear la integración debemos solucionar viejos diferendos
y uno de ellos es el retorno al mar. Esto se puede lograr con
la integración, hacer un trato bilateral con Chile y, hasta
donde sea necesario, otro para negociar con el Perú de forma
trilateral, y entrar luego en el campo multilateral, dentro
del acuerdo de integración sudamericano”, dice Ossio.
En la jugada boliviana influirá mucho su capacidad energética
(gas y recursos hídricos). Una coyuntura más favorable para
ofrecer energía por mar, más aún al regirse la CSN, por lo
menos de inicio, por los intercambios de intereses. Algo así
como el “trueque socialista”.
“El tema es complejo, pero depende de nuestra capacidad de
negociación; su manejo oportuno en el pleno de los países
que van a conformar la CSN; la posibilidad de utilizar
nuestros recursos energéticos y de interconexión, al ser un
país de contactos por su ubicación geopolítica, para
conseguir objetivos. Si políticamente se da la integración
ya no tendrá interés tener un puerto soberano, todos serán
para el uso común”, opina Ossio, quien pide no ser
“apocalípticos” ante la opción surgida con la Comunidad.
El Norte no quita la mirada al Sur
“Las potencias (EEUU, UE y Asia) no tendrían que tener
objeciones a este proyecto. Más aún, les conviene que Sudamérica
sea una sola, porque sino nunca van a tener posibilidad de
ampliar su mercado. Además, esta medida puede ser una salida
a la pobreza, algo de lo que se culpa frecuentemente a los
norteamericanos. Y la CSN les puede quitar este peso de
encima...”, dice Ossio.
A pesar de estos augurios, Washington es un opositor a la
conformación de la CSN. No así la UE, que hizo llegar sus
felicitaciones a los impulsores de ésta. No obstante, uno de
los objetivos de este nuevo bloque es negociar y llegar con
mayor fuerza al mercado del Norte. “Sería miope —señaló
el presidente Mesa— suponer que América del Sur se cierra
como la única comunidad integrada porque hay otros procesos
muy avanzados y estamos en un hemisferio vinculado con una
nación muy poderosa (EEUU), con la que tenemos que
desarrollar relaciones creativas e inteligentes”.
Los recelos en Estados Unidos no estarían ausentes. No se
trata de la batalla por un nombre sino del concepto. Lo que
Washington quiere es que la CSN sea un eslabón hacia el ALCA.
Y lo que quiere Lula es su propio bloque eco–político para
proteger y expandir su industria nacional, entrar como miembro
pleno y permanente al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas,
y poder maniobrar con la UE, Rusia, China, Japón e India para
ir hacia un mundo multipolar distinto a la visión
“bushista” de un globo unido en torno a su hegemonía.
Además, Bush podría ver con buenos ojos un acuerdo comercial
que les garantice un flujo de inversiones. El problema estaría
en que si la nueva unión adoptaría tasas proteccionistas o
posiciones independientes ante Washington en políticas
externas. Incluso, hay gobernantes, como Hugo Chávez, que
temen que la Casa Blanca pudiese adoptar actitudes como las
que ésta ha venido optando en Georgia y Ucrania, promoviendo
a aliados locales partidarios de una mayor integración con la
UE y la OTAN en contra de los intereses de Moscú de crear un
espacio político y económico con sus antiguos socios soviéticos.
Algo es seguro, Bush intentará prevenir un fuerte bloque económico
y político en su “patio trasero” promoviendo acuerdos
bilaterales. La CSN nace con muchas esperanzas. Como dice
Bigio, en busca de producir otro “milagro” (como el chino
y antes el europeo). La primera reunión de Jefes de Estado
será en Brasil, en 2005. El nuevo bloque comienza a caminar
en un camino con muchos obstáculos. El pronóstico de lo que
le depara aún es reservado.
M.
Gómez Balboa es periodista boliviano. Publicado en el
suplemento Domingo del diario La Prensa, La Paz (Bolivia), 12
diciembre 2004.
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