|
La
Comunidad Sudamericana de Naciones, un proyecto para el siglo
XXI
Julio Sau
Reunidos en la ciudad
del Cusco, representantes de doce países sudamericanos
(Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Guyana,
Uruguay, Paraguay, Perú, Surinam y Venezuela) crearon el 8 de
diciembre de 2004 la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN).
Se trata de un ambicioso proyecto de integración económica,
social y política cuyo futuro abre una interrogante sobre la
cual vale la pena reflexionar desde ahora.
Digamos, en primer
lugar, que se trata de un proyecto bien pensado ya que apunta
a un objetivo acertado y especialmente oportuno: convertir a
la subregión sudamericana en el motor impulsor de la
integración latinoamericana, con vistas a que América Latina
se convierta en un actor importante de las relaciones
internacionales del siglo XXI. Compartiendo la ubicación
regional con Estados Unidos, la gran potencia ampliamente
hegemónica a nivel mundial; teniendo como competidores
comerciales a potencias emergentes como China e India y siendo
contemporánea a la consolidación de grandes bloques con
altos niveles de integración -como es el caso de la Unión
Europea ampliada- la verdad es que una América Latina
desunida y desvertebrada no puede aspirar a jugar un rol de
cierta importancia en el diseño de la agenda internacional ni
menos en la definición de los proyectos de solución de los
grandes problemas mundiales, los que en cambio sí impactan en
América Latina en forma considerable. Y como no se ve
factible que iniciativas integradoras surjan de otra subregión
que de América del Sur, es correcto concluir que se trata de
un proyecto acertado y oportuno.
En el caso de la CSN concurren varios elementos que permiten
diferenciar este proyecto de integración de otros surgidos en
el pasado en el ámbito latinoamericano y cuyos alcances y
logros han sido limitados. El primero de ellos es la prioridad
otorgada en la Declaración del Cusco a la coordinación política
y diplomática entre los países miembros, lo que puede
permitir a la región afirmarse como un actor con voz propia y
un factor dinámico de las relaciones internacionales
contemporáneas. Se trata, por ahora, solamente de una
declaración de voluntad, pero de su aplicación real depende
ni más ni menos que el éxito de este nuevo proyecto
integrador latinoamericano.
Un segundo elemento diferenciador es el declarado propósito
de ir más allá de lo comercial y arancelario en materias
económicas. Y no es que se parta de cero en este aspecto, ya
que el 1 de enero de 2005 entró en vigor un acuerdo de libre
comercio entre los países integrantes del Mercosur
(Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) y la Comunidad Andina
de Naciones (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela).
Lo anterior, que se suma a la vigencia de tratados bilaterales
de libre comercio entre Chile y varios de los países de estos
referentes, nos demuestra que este aspecto de las relaciones
económicas no ha sido descuidado en la conformación de la
CSN. Pero lo importante es que se le han agregado a esta
instancia nuevos objetivos: la integración física, energética
y de comunicaciones de Sudamérica, sobre la base de proyectos
específicos regionales, subregionales y bilaterales ya diseñados
y cuya complementación y puesta en marcha dependerá de la
voluntad política de los gobiernos de los países miembros.
La armonización de políticas que promuevan el desarrollo
rural y agroalimentario y la transferencia de tecnología y de
cooperación horizontal en todos los ámbitos de la ciencia,
la educación y la cultura son otros de los objetivos de esta
Comunidad Sudamericana de Naciones que iniciará en 2005 sus
actividades. Aunque carezca todavía de estructura
institucional y de normatividad propia, de la sola lectura de
sus propósitos puede desprenderse la importancia y proyección
de este nuevo referente de la escena internacional
latinoamericana.
La Comunidad Sudamericana de Naciones recién creada tiene
desde sus inicios un potencial innegable. Con un área de 17
millones de kilómetros cuadrados, un mercado potencial de 361
millones de habitantes, un Producto Interno Bruto que bordea
los 900.000 millones de dólares y exportaciones por un valor
de $US 188.000 millones, si logra consolidar el proceso de
integración se convertirá en una de las grandes potencias
económicas mundiales. Lo anterior se refuerza si consideramos
que la subregión posee el 27% del agua dulce del planeta,
recursos en gas y petróleo suficientes para el consumo
durante un siglo más y el liderazgo mundial en varios
productos alimenticios. Junto a estos formidables factores de
desarrollo coexisten, sin embargo, obstáculos no menos
formidables: el área es una de las que cuenta con peor
distribución del ingreso en todo el mundo, la pobreza afecta
a altos porcentajes de su población y los conflictos sociales
constituyen una amenaza a mediano plazo a la estabilidad política
de sus relativamente recientes democracias.
Conscientes de las
realidades expuestas en el párrafo anterior, los gobernantes
de los países sudamericanos que han concurrido a la
conformación de la CSN intentan potenciar las ventajas que
implica lograr la integración de sus países precisamente
para enfrentar en mejor forma los agudos problemas socio-económicos
y políticos que experimentan sus sociedades nacionales en
forma separada. La imbricación entre los problemas de la
agenda global, -como por ejemplo el difícil y desigual acceso
de los países subdesarrollados a los mercados de los países
desarrollados y su no menos difícil y desigual acceso al
desarrollo tecnológico- y los problemas nacionales de cada
uno de los países sudamericanos y latinoamericanos en general
aparece en forma cada vez más nítida y exige a los
dirigentes políticos pensar y actuar globalmente para adoptar
políticas locales adecuadas. Y esta es, a nuestro juicio, la
filosofía que subyace tras la decisión de conformar la
Comunidad Sudamericana de Naciones.
Para evitar el
surgimiento de esperanzas integradoras excesivas, es preciso
desde la partida tener claro que la CSN es un proceso que
acaba de iniciarse y cuya consolidación dependerá
principalmente de una concertación de voluntades políticas
en el seno de cada uno de los países que lo integran. Muy
positivo sería que esta tarea fuera asumida plenamente por
los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad
civil, y que además se formara una especie de comunidad académica
sudamericana encargada de nutrir de ideas y de asesoría técnica
a los gobiernos en sus negociaciones. La experiencia demuestra
que si el proceso de integración no se convierte en una tarea
verdaderamente nacional en cada país que aspira a dicha
integración, los resultados terminan siendo pobres y
frustrantes.
Sin perjuicio de la
necesaria cautela que hay que tener en estos casos, es
necesario realizar un recuento de las ventajas que debiera
acarrear la consolidación exitosa de una Comunidad
Sudamericana de Naciones. Convertir la unión de 11 países
sin mayor peso en la sociedad internacional con otro, Brasil,
que tiene un peso relativo que se incrementaría notablemente
al integrarla, transforma a la CSN en un nuevo actor de las
relaciones internacionales contemporáneas. Y ello es
importante si consideramos el carácter global de varios de
los principales problemas que aquejan a los países
subdesarrollados, o el alto componente global de otros que
aparecen como meros problemas nacionales.
La pobreza, y todas sus
secuelas, ha adquirido tal envergadura en el mundo globalizado
que se ha instalado como tema dominante de las organizaciones
y de los foros internacionales de la más variada índole. La
Declaración del Milenio la colocó como el gran problema a
enfrentar, asignando responsabilidades en ello a los países
desarrollados que éstos distan de haber cumplido a cinco años
de su formulación. Recientemente, los foros de Davos y de
Porto Alegre y las reuniones de los Jefes de Estado de los países
desarrollados han vuelto a centrar su agenda en este tema en
cuya solución tienen roles que asumir tanto las fuerzas económicas,
sociales y políticas nacionales como los actores de la
sociedad internacional. Y qué duda cabe que una organización
como la Comunidad Sudamericana de Naciones pudiera ejercer una
influencia mucho más importante que la de cada país
aisladamente en la solución de problemas directamente
relacionados con la pobreza de las naciones subdesarrolladas
como lo son la ausencia de regulación internacional de los
flujos financieros, las trabas al libre comercio de los
productos agrícolas que levantan los países desarrollados y
la revisión de las condiciones de endeudamiento externo de
los países más pobres.
El afianzamiento de la
CSN pudiera producir otro efecto colateral: crear las
condiciones necesarias para que los problemas limítrofes que
todavía subsisten entre algunos de sus miembros tengan una
solución más acorde con los desafíos que plantea el siglo
XXI los países sudamericanos. Formar parte de un actor
internacional con peso suficiente para aglutinar al resto de
los países de la región en una organización futura de nivel
latinoamericano y participar con voz propia en la resolución
de la agenda internacional exigirían, en efecto, que los
problemas heredados del pasado fueran resueltos como condición
necesaria del fortalecimiento de la CSN.
Este año 2005 plantea, pues, un gran desafío a los países
sudamericanos y, en general, a los latinoamericanos. La
conformación y consolidación de la Comunidad Sudamericana de
Naciones debieran constituir la plataforma para participar
activamente en discusiones globales de tanta importancia como
el cumplimiento de los Propósitos del Milenio o de las
reformas a la Carta de la Organización de Naciones Unidas que
su Secretario General propondrá a los Estados miembros y que
dicen relación con temas que atañen en forma directa a
nuestros países: un nuevo concepto de seguridad
internacional, el acotamiento de las condiciones requeridas
para el uso legítimo de la fuerza en los conflictos
internacionales, la revalorización del multilateralismo, la
creación de nuevos órganos de Naciones Unidas para el
mantenimiento de la paz, las reformas tendientes a la
democratización del Consejo de Seguridad, etc. Una Comunidad
Sudamericana de Naciones en pleno funcionamiento pudiera
perfectamente contribuir en forma destacada en estos debates y
en otros que podría promover tales como las reformas
democratizadoras de los organismos financieros y monetarios
internacionales. La regulación de la globalización
financiera es una asignatura pendiente de la sociedad
internacional y sus efectos han dejado una profunda huella en
los países subdesarrollados, y en particular en América
Latina. Por tal razón esta tarea se levanta como un objetivo
a mediano plazo de una Comunidad Sudamericana que pudiera
emerger como la instancia integradora que los latinoamericanos
necesitamos para el siglo XXI.
Publicado en la Revista Foro Nº44, Santiago
(Chile), Marzo de 2005
|